Y yo, que de tanto mirarte
te convertí en piedra,
y que ingenua
me creí vencedora,
perdí mi rostro
y ahora nadie lo recuerda.
Soy para quien me reconoce
un grito aterrador
que custodia nuestra intimidad.
Esta noche,
que es una y es todas,
vuelvo a someterme
al oscuro ritual
que como creador
me impusiste:
ante vos
me arrodillo,
para que existas;
me lastimo,
para que pruebes mi sangre;
te alimento,
para que me pronuncies alguna palabra,
o quizás me pongas un nombre,
para que así,
yo te pertenezca.
María Verónica Borelli